jueves, 27 de agosto de 2009

Pragmatismo Craneoencefálico

Hubo muchos días como éste, en donde el sol contrastaba con la mutilación del entusiasmo. Pero casi siempre era porque la noche anterior había estado cargada de sexo desigual y despotismos varios. Entonces regresabamos caminando, hambrientos y sin dinero; engañando la sed con algún dulce que quedara oculto entre las pelusas y los papeles de las bolsas menores de la mochila. Era como una religión del desperdicio.

Y es que las metas propuestas en el Manual nos habían parecido engañosas: elegimos nuestras propias exploraciones. Entonces el camino se llenó de desprendimientos y renuncias, mientras otros ascendían y se petrificaban en los depósitos lujosos de la vida mediada.

Pero no hay definitivos, y no importa que tan carcomida haya sido la voluntad de correspondencia, siempre es posible reencontrarse con las pautas de la integración, aunque la aspiración baje de nivel y el asiento sea de tercera. Porque entonces es el instinto, o el desarrollo de pasiones por ciertos lujos, y todo gracias a que algunas cosas salen bien y te consigues una probadita de esto y aquello.

El asunto de la intemperie es que te vas quedando solo. Lo notas en la instauración de la superficialidad en las conversaciones, en la repetición sospechosa de ciertos tópicos de sobremesas. Pero la constancia no está hecha de mártires -por mucho que se piense que así va la cosa-, porque la autodestrucción tampoco es romántica. Sin embargo llega un momento en que los límites impuestos requieren de cierta violencia para permitirnos dar el siguiente paso, y es que a cierta altura del camino simplemente no basta con dejarse llevar.